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«Hoy más que nunca es necesario que los jóvenes sepan, entiendan y comprendan: sólo así se puede esperar que aquel indecible horror no se repita; sólo así se puede  salir de la oscuridad. Pues, si mi testimonio, mi cuento de sobrevivida a los campos de exterminio, mi presencia en el corazón de quien comprende la piedad, sirven para hacer crecer comprensión y amor, yo también, entonces, podré pensar que, en la vida, todo lo que ha sido absurdo y tremendo, sirvió para rescatar el sacrificio de muchos inocentes, como amor y consolación hacia quien está solo, y también para construir un mundo mejor sin odio, ni barreras. Un mundo en el que hombres capaces, libres y no esclavos de su propia intolerancia, derribando los confines de su egoísmo, habrán devuelto, a la vida y a los demás hombres, el significado de la palabra Libertad. Hoy he comprendido que Dios me ha concedido liberarme del cautiverio del pasado, a través de las páginas de este libro.»

Elisa Springer, Comienzo de El silencio de los vivos, 1997 (titulo original: Das Schweigen der Lebenden)

Ya han pasado 14 años, sin embrago el recuerdo de aquel encuentro se ha quedado indeleble. Era la “Fiesta del Sí”, un encuentro que tiene lugar cada año y que reúne a todos los jovenes de Sicilia que han elegido seguir los pasos de San Francisco de Asís y su mensaje cristiano.

Sabíamos que aquel día iba a estar un huésped especial. Así que, cuando aquella tarde de 2002 Elisa Springer (1918-2004) vino a Caltanissetta a contarnos su historia, la escuchamos todos en silencio y con atención, intentando imaginar lo que pudiera significar para una persona, en particular para una mujer, haber vivido y haber sobrevivido a algo que estaba y está todavía tan lejos de nuestra percepción de vida.

Recuerdo su voz quebrada por la emoción hablando del día en que conoció a Anna Frank y de cómo se acordaba de aquella niña que tanto quería una hoja para escribir.

Recuerdo que nos hizo ver su número de matrícula tatuado en su brazo y de cómo intentaba explicarnos cómo el mal se puede esconder detrás de un hombre o, mejor dicho, detrás de cientos de hombres que, aunque sean tus semejantes, se convierten en tus captores. Nos habló de su llegada al campo y de cómo, desde el primer momento, les quitaron a todos la ropa y la dignidad de seres humanos.

Un cuento me impresionó particularmente: nos habló de un médico nazista que había descubierto que los ojos de ciertos gemelos monocigóticos tenían diversidades; razón por la cual les quitaban los ojos para hacer experimentos con ellos. Por cierto, los experimentos con cobayas humanas no se limitaban sólo a eso.

Nuestro Dios era el mismo por el cual ella había sufrido aquellas torturas y, dentro de mí, me preguntaba si, en aquel infierno, yo habría sido capaz de sentir Su grande mano agarrar la mía y tenerla lo bastante fuerte como para permitirme resistir y luchar para la sobrevivencia. Durante aquel encuentro he entendido una cosa: para quienes hayan conocido la tortura y soportado la pérdida de su propia dignidad hasta ese punto, para todos los que hayan presenciado y sufrido la locura nazi, nunca jamás sus vidas volverán a conocer el sabor de la inocencia. Cada día lucharán contra los demonios con cara de un hermano o una hermana, de un hombre como tantos otros. Sin embargo, quienes vieron a estas caras asesinas nunca podrán olvidarlas. Quienes en la oscuridad buscaron consuelo, quienes vieron a amigos ir y nunca volver, quienes escucharon lacerantes gritos de dolor, cada día se enfrentarán a sus propias pesadillas, intentando no sentirse para siempre un sobrevivido, sino recordando que, aunque la noche haya tragado los huesos de sus seres queridos, algunos sobrevivieron. Algunos volvieron a la vida y no olvidaron nada, dejando todo grabado en su propio cuerpo y en sus palabras. Para no olvidar. Para preservar la memoria del dolor.

Todos la escuchábamos y todos intentábamos contener las lágrimas. Me habría gustado decirle que su testimonio no habría acabado allí y que el milagro era que una mujer sobrevivida hubiese encontrado la fuerza y el coraje de decir claramente que, no sólo el nazismo ha existido, sino que, por mucho que se intente explicarlo, vivirlo había sido tan horrible como para obligarse a deshacerse del mismo, a todas costas: palabras, imágenes, expresiones de cualquier tipo. Ella lo había conseguido, había encontrado en las palabras su camino y su modo de deshacerse de aquella monstruosidad.

Existe un arte de la memoria. Y es un arte que no se encuentra en los manuales.

Cuando me pidieron escribir sobre el arte relativo al Holocausto, traté (como siempre hago) de sacar informaciones primero de mis fuentes escolares. Pues, ni una palabra. Busqué nombres de artistas que contaron sobre ellos mismos y su experiencia de muerte en mis manuales. Y Nada. Cero.

Sin embargo, en tiempos relativamente recientes, Berlín se convirtió en el escenario del más grande museo judío en Europa, el Jüdisches Museum Berlin, creado en 1989 por Daniel Libeskind.

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Plano del Jüdisches Museum Berlin

Ya en su estructura arquitectónica, el Museo se presenta como dolorosa memoria de la abominación realizada por los alemanes durante aquellos años, con respecto al genocidio hebreo, pero también como nuevo nacimiento realizado por los judíos después de su humillación. El plano, de hecho, se presenta como un rayo, resultante de la deconstrucción de la Estrella de David.

El artista tituló su proyecto “Entre líneas”, ya que planeaba su construción sobre dos líneas, una quebrada y la otra recta; en las paredes de las cincos interseciones se encuentran unos espacios vacíos que representan “lo que nunca puede mostrarse con respecto a la historia del Berlín judío: la humanidad reducida a cenizas” (Daniel Libeskind,2000). El proyecto, totalmente dedicado a la historia de los judíos, se basa en la idea de la arquitectura del diseñador mismo (que proyectó también el plan maestro de la “Zona Cero”, el lugar donde se situaban las Torres Gemelas) : “la arquitectura no está basada en el hormigón, el acero y los elementos de la tierra. Está basada en el asombro”. Esta definición lleva la fuerte carga emocional de una arquitectura que se relaciona con el observador y el visitante, comunicando también la desolación y la ausencia.

En el informe del proyecto de Libeskind sobre el Museo Judío de Berlín se lee que:”el proyecto, que fue ideado un año antes de la caida del Muro de Berlín, se basaba en tres conceptos que llevaron a la construcción del museo: en primer lugar la imposibilidad de comprender la historia de Berlín sin entender la gran contribución intelectual, económica y cultural que aportaron los ciudadanos judíos; en segundo lugar, la necesidad de integrar el significado tanto físico como espiritual del Holocausto en la conciencia y la memoria de la ciudad; y, en tercer lugar, el reconocimiento de la eliminación y la falta de vida judía en Berlín, para que la historia de esta ciudad y de Europa tenga un futuro humano[1]”.

Por lo tanto, el esfuerzo del arquitecto judío, polaco y emigrado a EE.UU es lo de conmemorar y rescatar la memoria sin olvidar el luto, más bien recordarlo a través de los lugares de la memoria.

A la luz de esto, el Museo detalla la memoria de los judíos y se desarrolla sobre tres ejes: el Eje de la Continuidad que lleva a las galerías del museo, el Eje del Exilio que conduce al Jardín del Exilio, y el Eje del Holocausto que termina en la Torre del Holocausto.

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 El Eje de Exilio y el Eje del Holocausto © JBitterBredt

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La Torre del Holocausto y el Jardín del Exilio © JBitterBredt

El Jardín del Exilio está formado por 49 columnas que impiden ver lo que hay en el interior. Las 49 columnas representan el año de nacimiento del Estado de Israel (1948), mientras la columna central, rellena de tierra procedente de Jerusalén, alude a Berlín. Los árboles plantados en los huecos de las columnas simbolizan la paz y la esperanza de regresar a su patria. A pesar del ambiente hostil, estos arboles logran crecer, tal como los Judíos exiliados pueden recuperar su vida en tierra ajena. No es por casualidad que la superficie del suelo esté inclinada, ya que recuerda la inestabilidad y el malestar de este pueblo exiliado.

La oscura, vacía y fría Torre del Holocausto, simboliza la condición de aislamiento de los judíos deportados, que ni siquiera sabían donde se encontraban. La única luz que penetra procede del exterior, por lo que es imposible entender adonde uno se encuentra.

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© Jüdisches Museum Berlin, Schenkung von Dieter und Si Rosenkranz, Foto: Jens Ziehe

Por último, cabe señalar la instalación del artista israelí Menashe Kadishman, “Schalechet- Hojas Caídas”. El Vacío de la Memoria es el único espacio vacío del edificio accesible al público; en el suelo están distribuidos 10.000 rostros en acero que uno pisa al pasear. El sonido producido por las pisadas y por las hojas de metal que restregan unas con otras es una invitación a escuchar el bullicio, no solamente de los más de 6 millónes de judíos que fallecieron, sino también de todas las víctimas de la violencia y de las guerras. Se percibe una sensación de gran angustia y el deseo de alejarse de aquel horror.

Confieso que tratando este asunto tomé una nueva conciencia de los acontecimientos. Ahora me doy cuenta de que una tragedia como la que sufrieron los judíos, puede hacerse denuncia y convertirse en la voz de la Libertad. Elisa Springer en primer lugar y Libeskind a continuación (como hijo de judíos que sobrevivieron al Holocausto) lograron transmitir el renacimiento de un pueblo afligido antes por la diáspora y después por el genocidio.

Por lo tanto, en ocasión de la semana de la memoria, creo que es necesario devolver dignidad a la esperanza de los vivos y reconocer la extraordinaria fuerza de la vida que, tras haber sido testigo de la muerte, vuelve a ser vida más que nunca. Creo que recordar el dolor consolida el amor para la vida, de ahí que mi corazón está con quiénes sobrevivieron. Con quiénes cuentan el peor momento de su existencia para dar voz a los que la han perdido.

Para recordar. Para no olvidar.

Por Alessia Alicata
Traducción por: Federica Loddi y Michela Gentile
Corrector: Massimo Micheli

[1] http://www.inexhibit.com/case-studies/daniel-libeskind-jewish-museum-berlin/

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