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-¿Tienes hambre?

Es así que inicia mi regreso a casa.
Es así que inicia el viaje en el dolor y la esperanza.
Samey que mira a los habitantes de Augusta[i] en el bar con curiosidad y reticencia.
Samey que con su sonrisa ilumina el cielo cuando me acerco a él. Samey atemorizado cuando entramos en el bar y que no se separa de mí mientras la gente que nos rodea nos observa.

Un capuchino sentados en un bar y la sensación de estar asistiendo a una primera vez.

La cosa desconcertante es la sonrisa.

Hablamos mucho y le hago tantas preguntas.
Llamamos a casa y logra hablar con un miembro de su familia y luego lo acompañamos con el coche a la escuela, que se ha vuelto un improvisado centro de acogida.

Y él me pide entrar así me hace ver dónde vive. La sonrisa me reconforta. Como si esperase encontrar tantos cuartos azules pintados con esmero en lugar de anónimas literas desparramadas al azar.

Cuando llegamos al segundo piso me señala un catre en el pasillo y con gran satisfacción me dice “yo vivo aquí”.

Y algo se me quiebra dentro. Y no logro contener las lágrimas mientras él me mira asombrado porque no entiende por qué lloro.

Desde ese momento no logré alejarme de mi escuela primaria. Ni de ellos. De sus historias. De sus manos. Y de su dolor. Dolor que se acumula por debajo de la piel y se infiltra en las venas explotando sin causa aparente.

No se olvidan sus miradas, sus sonrisas, los abrazos y la gratitud que lees en sus rostros por el simple hecho de estar ahí. Sus miradas vuelven por la noche cuando vas a dormir y el corazón oprime en una jaula de hierro. Mientras, me pregunto quién ama a estos hijos de la tierra. Quién consuela a estos hijos del dolor. A quién dirigen sus rezos cuando tienen miedo. Me pregunto cómo podrán dormir sin un abrazo o un beso cuando los fantasmas de las torturas los asalten en el sueño y los catapulten en el dolor.

Y me siento culpable.

children of fortune

*Photo Copyright: Michelangelo Mignosa

Siento un dolor inmenso y una culpa infinita por sus historias. Porque mi riqueza les ha valido la esclavitud.
Porque mi prosperidad provocó dolor y violencia. Y busco redención. Busco un consuelo. Para mí y para ellos.
Paso del coraje a la desesperación. De la fuerza a la debilidad. No se cuál sea la cosa justa por hacer, pero pienso solo en lograr mejorar el espacio en el que viven. Limpiando el piso, escuchándolos y reconfortándolos. Pero el consuelo no existe y parece falso, hipócrita, dicho por mí que vuelvo a casa y abrazo a mi padre, a mi madre y a mi tía. Es una burla el consuelo de una blanca viciada por el amor de su familia.

Quién acaricia estos hijos de la tierra. Quién besa sus ojos para borrar el horror.

Al final encuentro refugio en los desayunos. Ese momento tan íntimo de vida familiar que he siempre amado. Ese momento frágil en el que da inicio el día rodeado de amor. Ese momento que ahí está a un paso de volverse deshumano. Pero la magia llega en este momento. Porque todos tratamos de convertir este momento de hileras y vales para un trozo de pan y un vaso de leche en algo menos trágico. Reímos y sonreímos a cada uno de ellos. Un “hola” puede hacer maravillas si genera una sonrisa. Un “hola” se vuelve poderoso si hace que se alzen los ojos que miraban el suelo. Un “hola” puede cancelar brevemente la bruma del horror y de la tortura.

Ayer me preguntaron cuál es el sentido de la vida, y volví a formular la misma pregunta a mi familia durante la cena. Respuestas diferentes de personas diferentes, pero en el fondo iguales.

Para mí, el sentido de la vida es solo el Amor.
El Amor grande y prepotente. El Amor que derrumba muros, el Amor que salva y sana las heridas. El Amor por el otro que te abre el corazón y desgarra el costado mientras ellos te abrazan. La sensación de estar haciendo algo hermoso. Algo hermoso en un mundo de cosas horribles. Algo que puede transformar, por algunos segundos, estos hijos del dolor, en hijos de la fortuna.

Y el Amor puede llamarse Zagara[ii] y puede nacer en un lugar diminuto de Sicilia, de una madre que desea homenajear a la tierra que le ha recogido del mar y acogido en sus brazos, luego de un viaje de la esperanza.

de Maria Grazia Patania

Traductor Rodrigo Galvàn Alcala
Correctora Francesca Colantuoni

[i] ciudad portuaria situada en la costa oriental de Sicilia (nota del traductor).

[ii] Azahar. Nombre proveniente del árabe y con el que se conoce en Sicilia a la flor del naranjo, árbol típico de la isla.

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